








El termómetro marca 17° frente al Museo de los Niños. La madrugada aún está oscura y una luna brillante observa una ciudad que aún no despierta.
En las aceras, entre bolsas de basura y basura, algunos llevan horas intentando dormir.
Mantas viejas, suelas desgastadas y cartones doblados se convierten en la única barrera contra los resfriados que no avisan y se sienten directamente en las piernas.
Las cajas de cartón se vuelven «resistentes». Intentan imitar la calidez de una casa que no existe. Aquí cada trozo de cartón cuenta. Según dicen, es fundamental no sentir el suelo helado que roba el calor corporal.
El frío no te deja descansar. Despertar. Te obliga a encogerte, a cerrar el «puño pequeño». A algunos les empuja a cometer más vicios, intentando adormecer el cuerpo y la mente a medida que la noche avanza lentamente.
El guardia cae sin piedad. El viento no perdona. Las bajas temperaturas prevalecerán durante la noche y la madrugada. El Instituto Meteorológico Nacional confirmó que esta es la semana más fría en más de 30 años: se registraron temperaturas cercanas a los 12° grados en la capital.
Pero hay algo que empeora todo: les quitan el cartón que utilizan como refugio. Es entonces cuando quedan completamente expuestos al frío.
Para resistir, se agrupan. En grandes grupos, como si fueran una colmena, intentan conciliar el sueño. El calor de los cuerpos cercanos es a menudo la única forma de sobrevivir a una noche helada.
Las entradas de algunos negocios se convierten en refugios temporales. Una pared que bloquee el viento es mejor que cualquier cartón.
Mientras tanto, la ciudad comienza a moverse. Personas resguardadas y vehículos inundan la capital. En las aceras, los vagabundos todavía buscan refugio entre cartones, pidiendo «un tinto» para el desayuno o drogas, intentando aliviar el resfriado que no se quita.
El sol empieza a salir
Las calles se llenan de ruido, de coches, de gente. Poco a poco el frío va remitiendo. Así se sobrevive una noche más en San José.
La vida cotidiana regresa a la capital. Entre gente, tráfico, bocinas y hasta periquitos, los que viven en la calle pasan desapercibidos.
Pero el frío no desapareció. Este miércoles la ola de frío número 13 abandonó el país, aunque próximamente llegará la número 14. Buscar entre la basura se vuelve parte de la rutina: buscar comida o algo, taparse y prepararse para pasar la noche.
Una historia impactante
Entre los que desafían el frío se encuentra Mario Chaves, un habitante de la calle desde hace casi dos décadas.
Dice que está buscando cualquier lugar que lo proteja.
«Mira, estoy metido en una bolsa de plástico. Entonces le meto mantas ahí porque me calienta. Les cuento que esa mierda de ahí (la alcantarilla) estaba llena como cuando raspan el hielo. Así fue un día de estos días. El sol está fuerte y la noche es como dormir en un refrigerador», dijo.
«Buscamos lugares donde podamos protegernos. Además de que la policía te jode, ellos no conocen la situación en la calle», dice.
«El suelo está frío. Entonces hay que resguardarse y pellizcarse, porque el frío es mortal. Y no ves, tengo cartón», dijo frotándose las manos.
Mario asegura que nunca había sentido algo así en tantos años de la calle como su casa.
«Es la época más fría. Nunca he sentido frío ni nada de eso, no. Dormí con una sábana (…) No se ve que llevo dos sábanas. Y sin embargo, así siento el hielo. Entonces fue fuerte, fuerte», enfatizó.
También surge el miedo y el sueño se vuelve casi imposible.
«Le tengo miedo (al clima). No es que ya no tenga la misma defensa (…) Por las noches siento en los huesos que no juega. Entonces por eso trato de cubrirme con lo que puedo, porque el frío, no es frío, es hielo (…) El frío me despierta».
«Yo era marinero. Trabajé en el agua durante casi 40 años… y ahora llevo casi 20 años en la calle».
Mientras los 17 grados se apoderaban de la capital, otros apenas podían cerrar los ojos. Y cuando caiga la noche, el frío pondrá a prueba quién aguanta una madrugada más en la calle.
«Esta es mi dirección: Soda la U, Calle de la Amargura, pero ahora es Calle la Soledad, porque por aquí no pasa nadie de noche».









